La Cristiada fue, en proporción, la guerra más femenina de la historia mexicana. Veinticinco mil mujeres organizadas. Una de cada dos combatientes cristeros tenía a una mujer detrás — espiando, curando, contrabandeando, costurando, alimentando, escondiendo sacerdotes. Sin las Brigadas Femeninas, la guerra no habría durado ni seis meses.
Las Brigadas Femeninas de Santa Juana de Arco
Fundadas en Zapopan, Jalisco, el 21 de junio de 1927. Diecisiete mujeres en la primera reunión. En seis meses serán 10,000. Al final de la guerra, 25,000 brigadistas en más de doce estados.
Las fundadoras: Luz Laraza de Uribe (conocida como «Sra. Richaud» por motivos de seguridad), María Gollaz, y el único hombre del grupo fundador, Luis Flores González. Eligieron como patrona a Juana de Arco — santa guerrera, joven, campesina, quemada por la Iglesia y luego canonizada — por razones que eran parábola y programa.
Lo que hacían
Las brigadistas tenían una especialidad técnica que las hacía indispensables: el contrabando de parque. Trasladaban balas, cartuchos y pólvora desde las ciudades hasta las sierras, escondiendo la munición en:
- Canastas de grano y maíz.
- Sacos de cemento.
- Corsés especialmente cosidos con compartimentos.
- Botes de leche con dobles fondos.
- Canastas de pan.
- En los cabellos trenzados y las enaguas de las brigadistas.
Los aduaneros federales aprendieron. Para 1928, el gobierno ordenó la revisión sistemática de mujeres en la frontera y en los puntos de control — una ruptura escandalosa de la decencia pública mexicana de la época. Las Damas Católicas documentaron casos de brigadistas registradas íntimamente por militares. La brutalidad de esos registros alimentó la indignación católica y reforzó la narrativa de la persecución.
Las brigadas sanitarias
Un segundo frente femenino menos conocido: las brigadas sanitarias. Mujeres que atendían a heridos cristeros en campamentos improvisados en la sierra. Sin hospitales, sin medicamentos, sin agua limpia. La Madre Gutiérrez, enfermera cristera, reportó haber bebido orina animal filtrada cuando se acabó el agua potable en un sitio. Mujeres que extrajeron balas sin anestesia con cuchillos hervidos. Que enterraron a sus hijos soldados con sus propias manos.
Las Damas Católicas Mexicanas
Un segundo frente femenino, distinto y anterior: la Unión de Damas Católicas Mexicanas (UDCM), fundada en la Ciudad de México el 12 de septiembre de 1912. Durante la guerra, su presidenta fue Elena Lascuráin de Silva, mujer de clase media alta, educada, con acceso a los círculos más elevados del catolicismo capitalino.
La UDCM ejecutó el boicot económico: la arma más efectiva de la resistencia pacífica. Coordinó que las católicas dejaran de pagar impuestos no esenciales, dejaran de usar el tranvía, dejaran de ir al cine, dejaran de comprar en tiendas del gobierno. En cuestión de semanas, los ingresos fiscales en Jalisco, Guanajuato y Zacatecas cayeron. Las arcas del gobierno sintieron el efecto.
Lascuráin fue arrestada por la policía capitalina el 24 de julio de 1926, junto con Refugio Goribar de Cortina (vicepresidenta) y Juana Pittman de Labarthe (vocal). Las llevaron al Palacio de Justicia Federal en la calle de Donceles. Fue arrestada nuevamente en enero de 1928, acusada de «romper la ley y provocar manifestaciones públicas». La revista La Dama Católica, órgano de difusión de la UDCM impresa clandestinamente en un taller de Tlalpan, fue suprimida en abril de 1927 por orden policial «por llevar el título de católica».
El desacuerdo con la Liga
Un detalle poco recordado: cuando en mayo de 1926 la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa publicó su manifiesto convocando a la rebelión armada, Elena Lascuráin y la UDCM no aprobaron la decisión. Las Damas creían que la resistencia debía permanecer civil y no violenta. Tras esa desavenencia, la participación de la UDCM en el conflicto armado fue marginal — pero la resistencia pacífica, el boicot, la red de apoyo a refugiados, continuaron hasta 1929 y más allá.
Dos modelos de resistencia
Existieron dentro del movimiento católico femenino dos modelos de resistencia que nunca se reconciliaron del todo. El modelo armado de las Brigadas Femeninas, que produjo mártires y proezas logísticas pero también exposición al peligro físico. Y el modelo civil de las Damas Católicas, que produjo menos titulares pero probablemente más daño estructural al régimen callista. Ambos eran legítimos. Ambos eran necesarios. Ninguno habría bastado solo.
El después: la UFCM y el voto femenino
El 24 de diciembre de 1929 — apenas seis meses después de los Arreglos — la UDCM se reorganizó como la Unión Femenina Católica Mexicana (UFCM), rama femenina de la Acción Católica Mexicana. Elena Lascuráin siguió dirigiéndola. En 1955 — el primer año en que las mexicanas votaron en elecciones federales — el Partido Acción Nacional obtuvo más del 30% del voto en la capital. La red que Elena había tejido en la clandestinidad se había convertido en fuerza electoral.