Archivo · 1926 – 1929 · Centenario 2026
Capítulo 08 · Indígenas

Soldados de Cristo no cristianos

Wixáritari, náayarite, o'dam, mexicaneros. Los pueblos menos cristianizados de México pelearon como cristeros — y fueron los últimos en deponer las armas. Una paradoja historiográfica que revisa pero no destruye a Jean Meyer.

Uno de los descubrimientos historiográficos más sorprendentes del siglo XXI proviene del trabajo del historiador británico Nathaniel Morris. Morris vivió durante una década en el Gran Nayar — una región montañosa de 20,000 km² que abarca partes de Nayarit, Jalisco, Durango, Zacatecas y Sinaloa — y descubrió algo que Jean Meyer no había podido ver desde los archivos del centro de México: entre los cristeros más feroces y más duraderos estaban comunidades indígenas que no eran católicas.

Su libro Soldiers, Saints, and Shamans: Indigenous Communities and the Revolutionary State in Mexico's Gran Nayar, 1910–1940 (University of Arizona Press, 2020) es la primera obra sistemática sobre la participación indígena en la Cristiada. Esta página condensa sus hallazgos y presenta — con nombre propio — a los cuatro pueblos del Gran Nayar que pelearon esa guerra.

Qué es el Gran Nayar

El Gran Nayar es la región occidental de la Sierra Madre Occidental — un paisaje de cañones profundos, mesetas altas, ríos que bajan al Pacífico, y accesos terrestres de horas o días a caballo desde cualquier pueblo mestizo. Administrativamente abarca partes de cinco estados modernos: Nayarit, Jalisco (las sierras del norte y oeste), Durango (el sur), Zacatecas (el poniente), y Sinaloa (la frontera oriental). Históricamente es una de las últimas regiones de México que el Estado — virreinal, liberal, porfirista, revolucionario — logró integrar efectivamente.

La región está habitada por cuatro pueblos indígenas distintos, cada uno con lengua, territorio, estructura política y sistema religioso propios. Morris los nombra con los etnónimos que los pueblos mismos usan, rechazando los nombres coloniales más conocidos:

Todos son «los pueblos menos asimilados» de México — la frase canónica de la antropología mexicana. Todos mantienen lenguas vivas, estructuras políticas tradicionales (centros ceremoniales, consejos de ancianos), y sistemas religiosos pre-católicos con peregrinaciones, sacramentos propios, calendarios rituales. El catolicismo llegó tarde a la región — los jesuitas en el siglo XVII, los franciscanos después, y un nuevo ciclo misionero de los Josefinos a partir de 1908 que no había alcanzado a consolidarse cuando estalló la Cristiada.

Los wixáritari

Los wixáritari son el pueblo más estudiado y el menos cristianizado del Gran Nayar. Su sistema religioso gira alrededor de tres deidades principales — Tau (Sol), Tatewari (Fuego) y Nakawé (Abuela Crecimiento) — y de la peregrinación anual al desierto sagrado de Wirikuta, en San Luis Potosí, para recolectar peyote. El peyote no es recreativo: es sacramento. La ceremonia del hikuri es el centro de la vida religiosa wixárika, tan central como lo es la eucaristía para los católicos.

Y sin embargo, entre 1926 y 1929, los wixáritari pelearon como cristeros. Morris documenta que un jefe cristero wixárika fue famoso entre las tropas federales por «estar en liga con el Diablo mismo» — la frase, registrada en informes militares, denota el desconcierto federal: combatiente católico en apariencia, pagano en sustancia, aliado de los católicos mestizos del Bajío pero con su propio sistema religioso intacto. Hubo bautismos masivos de cristeros wixáritari en campaña, aceptados por los líderes sin abandonar sus propias prácticas. El sacerdote catolizaba por la mañana; la ceremonia del peyote continuaba por la noche. No había contradicción en la cabeza del wixárika porque su sistema religioso admite múltiples deidades, incluyendo ocasionalmente a las del vecino.

Lo que los wixáritari defendían no era la fe católica sino la costumbre — el complejo entero de prácticas rituales, peregrinaciones, obligaciones ceremoniales, autoridades tradicionales, autonomía territorial. El proyecto educativo callista — las escuelas rurales socialistas, los maestros federales, la «desfanatización» programática — amenazaba por igual a las parroquias mestizas y a las peregrinaciones wixáritari a Wirikuta. El Estado federal era el enemigo común.

Los náayarite

Los náayarite (coras) ocupan la Mesa del Nayar y sus alrededores. Históricamente fueron el último pueblo mesoamericano conquistado por el imperio español — no se sometieron hasta 1722, casi doscientos años después de la caída de Tenochtitlán. Su sistema religioso mezcla un sustrato pre-contacto con elementos católicos incorporados selectivamente. El jesuita José Ortega los evangelizó brutalmente en el siglo XVIII; los náayarite incorporaron la Semana Santa cristiana pero la mezclaron con sus rituales de ciclo agrícola, produciendo la ceremonia conocida como «La Judea» — una de las expresiones rituales más complejas y menos comprendidas de México.

Durante la Cristiada, los náayarite fueron cristeros por razones estructurales idénticas a las wixáritari: el proyecto federal de «integración» y «desfanatización» amenazaba su autonomía política y ritual. El jefe cristero náayari Lauro Rocha comandó durante 1928–1929 una fuerza mixta de unos 500 combatientes en la zona serrana, operando prácticamente con independencia del mando de Gorostieta. Rocha fue uno de los últimos comandantes cristeros en deponer las armas — lo hizo solo en 1935, durante el cardenismo, y bajo negociación directa con Lázaro Cárdenas.

Los o'dam

Los o'dam (tepehuanos del sur) son, de los cuatro pueblos, el menos católico por medidas institucionales. Morris documenta que durante décadas enteras no hubo presencia sacerdotal permanente en su territorio. El párroco del Mezquital, Durango, visitaba las rancherías o'dam una o dos veces al año. Los bautismos se acumulaban. Las primeras comuniones eran masivas cuando ocurrían. El sistema religioso efectivo era o'dam, no católico, con sus deidades del sol y del viento, sus rituales de siembra, sus peregrinaciones propias.

«Los o'dam de Durango eran de los pueblos menos católicos de México, si la presencia de sacerdotes es algún indicador. Y sin embargo, estuvieron entre los cristeros más entusiastas. Las amenazas federales a las tierras ancestrales y a la costumbre convirtieron al movimiento anti-federal cristero en un vehículo conveniente para defender intereses locales.» — Nathaniel Morris, Soldiers, Saints and Shamans, 2020

Los o'dam combatieron como cristeros durante 1928–1929 y siguieron alzados durante la Segunda Cristiada (1932–1940) — la fase prolongada del conflicto religioso que estalló cuando el gobierno de Plutarco Elías Calles (desde el Maximato) y luego el gobierno cardenista intentaron aplicar la educación socialista. El gobernador duranguense Carlos Real prohibió expresamente la catequesis, instaló maestros federales en los pueblos o'dam, y organizó milicias agraristas para desalojar a los jefes cristeros o'dam. La respuesta o'dam fue la misma que en 1926: alzarse en armas. Algunas partidas o'dam siguieron combatiendo hasta 1940, catorce años después del estallido original de la Cristiada en Jalisco.

Los mexicaneros

Los mexicaneros son pueblos nahuas serranos — hablantes de una variante del náhuatl diferenciada del náhuatl central. Habitan San Pedro Jícaras, San Agustín Buenaventura, Santa Cruz y los pueblos de la sierra duranguense-nayarita. Son los mexicaneros los que dieron el nombre entero a uno de los estados (Estado de México comparte raíz lingüística con ellos, pero el pueblo mexicanero específico del Gran Nayar es distinto culturalmente de los nahuas del Valle).

Durante la Cristiada los mexicaneros pelearon junto a sus vecinos o'dam y náayarite. Morris los describe como más cristianizados formalmente — los jesuitas del siglo XVIII llegaron a ellos con más continuidad — pero con el mismo patrón práctico: sistema ritual propio, resistencia al proyecto estatal, alianza táctica con los cristeros mestizos. Los mexicaneros fueron de los primeros en perder a sus jefes en combate durante 1928 y los primeros en replegarse a la sierra alta, donde el ejército federal no podía perseguirlos de manera sostenida.

La reconcentración: política federal, crimen federal

La respuesta federal a la resistencia indígena en el Gran Nayar fue idéntica — y tan brutal — como en el Bajío católico: la política de reconcentración. El ejército federal forzaba a la población rural a abandonar sus rancherías dispersas y concentrarse en pueblos bajo control militar, con el objetivo de cortar el apoyo logístico al movimiento cristero. En la práctica, la reconcentración significó:

La estimación demográfica más citada — los ~250,000 muertos de la Cristiada — atribuye a la reconcentración, al hambre y a las epidemias resultantes buena parte del saldo total. Los pueblos del Gran Nayar, dispersos en territorio extenso y con márgenes de subsistencia ajustados, sufrieron desproporcionadamente. Morris documenta que el colapso demográfico de varias comunidades o'dam y mexicaneras del período 1928–1932 solo se recuperaría décadas después (ver Análisis).

Los Josefinos y la doble faz misionera

Un detalle que Morris rescata y que la crónica oficial cristera había olvidado: la congregación misionera de los Josefinos — los Misioneros de San José, fundados en Jalisco en 1872 por José María Vilaseca — había sido la principal orden católica operando en el Gran Nayar desde 1908. Los Josefinos combinaban evangelización con proyectos educativos y asistenciales. Su presencia produjo una capa de catolicismo indígena — bautismos, fiestas patronales, devociones marianas locales — que coexistía con el sistema ritual tradicional.

Cuando en 1926 la Ley Calles expulsó a los sacerdotes extranjeros y cerró las escuelas religiosas, los Josefinos fueron los primeros en salir del Gran Nayar. Los pueblos indígenas perdieron a sus interlocutores católicos en el momento mismo en que estaba estallando una guerra supuestamente católica. Eso contribuyó a la paradoja: sin párrocos que les tradujeran la causa, los wixáritari, náayarite, o'dam y mexicaneros entendieron la Cristiada en sus propios términos — no como guerra por la fe católica que no conocían profundamente, sino como guerra contra el Estado federal que les amenazaba la autonomía. El resultado fue el mismo — combate junto a los cristeros — pero la motivación nunca fue la católica clásica.

Morris contra Meyer — y por qué no se destruyen mutuamente

Hay que ser precisos sobre lo que Morris hace y no hace. Morris no destruye a Meyer. La Cristiada (1973) sigue siendo la obra fundamental del conflicto, imposible de reemplazar. Lo que Morris hace es añadir una dimensión que Meyer — por trabajar desde archivos centrales, en Jalisco y la Ciudad de México, sin fieldwork indígena — no pudo ver.

Meyer presenta la Cristiada como un conflicto entre el Estado revolucionario y el pueblo católico mexicano, enmarcado por el triángulo Roma – episcopado – feligresía. Ese marco es correcto para el Bajío. Es correcto para Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Zacatecas, Colima. Explica a los 26 santos canonizados (25 sacerdotes y San José Sánchez del Río), a las Brigadas Femeninas, a los campesinos de Tepatitlán, a los mineros de Chalchihuites. Cubre el 80–90% del movimiento.

Morris añade el 10–20% restante — la dimensión indígena del Gran Nayar, donde los combatientes cristeros no calificaban como «católicos» en el sentido doctrinario que Meyer asume. Lo añade sin destruir el marco anterior. Para Morris, los indígenas del Gran Nayar eran aliados tácticos del movimiento cristero católico, no su núcleo. Compartían el enemigo — el Estado federal «rationalist» en ofensiva contra la autonomía comunitaria — sin compartir exactamente la misma fe.

Mi lectura. La Cristiada rompe cualquier narrativa simple. Para los ideólogos oficialistas del PRI, los cristeros eran fanáticos católicos manipulados por el clero — pero los wixáritari no eran católicos. Para los apologetas cristianos más entusiastas, los cristeros eran defensores de la fe — pero los wixáritari no defendían esa fe. Morris demuestra que la Cristiada fue algo más complejo de lo que ambos bandos querían reconocer: fue una coalición heterogénea de resistencias contra un proyecto estatal homogeneizador.

Ranchero alteño devoto, campesino bajiense defendiendo su cofradía parroquial, obrero jalisciense de la ACJM urbana, peregrino wixárika del peyote — todos compartían un enemigo común, aunque no compartieran la misma fe. Esa es la Cristiada más universal: no una simple guerra entre creyentes y ateos, sino una guerra entre comunidades que querían seguir siendo lo que eran y un Estado que quería convertirlas a todas en algo nuevo.

Los últimos cristeros

Morris concluye su obra con un dato que debería cambiar cómo se cuenta el final de la Cristiada. Los Arreglos de junio de 1929 — el acuerdo firmado entre Portes Gil y el arzobispo Ruiz y Flores bajo mediación de Morrow — no pusieron fin a la guerra en el Gran Nayar. Los pueblos indígenas no habían firmado nada. No reconocían la representación del episcopado. No aceptaban la paz acordada por Roma, Washington y el gobierno mexicano sin consultarlos. Siguieron combatiendo.

Las partidas wixáritari, náayarite, o'dam y mexicaneras se replegaron a la sierra alta y operaron como guerrillas residuales durante la Segunda Cristiada (1932–1940). El gobierno cardenista — paradójicamente, el mismo que en 1934 exiliaría a Garrido Canabal y moderaría la persecución católica oficial — fue el que finalmente negoció la rendición de los últimos combatientes indígenas del Gran Nayar. Algunos, según Morris, solo dejaron las armas durante las reformas agrarias de 1938–1940, cuando la promesa de ejidos en sus propios territorios ofreció por primera vez una razón estructural para aceptar al Estado federal en lugar de combatirlo.

Eso significa que el verdadero arco temporal de la Cristiada — medido desde el primer disparo en el santuario de Guadalupe de Guadalajara en agosto de 1926 hasta el último depósito de armas en la sierra duranguense — no es de tres años. Es de catorce. Y sus últimos combatientes no fueron los rancheros alteños con su grito de «¡Viva Cristo Rey!», sino los indígenas wixáritari, o'dam y mexicaneros que nunca gritaron esa frase pero defendieron la misma autonomía contra el mismo Estado.

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Fuentes citadas en esta página

Para un listado completo de bibliografía del sitio, ver Fuentes.

Ver también: La Cristiada como coalición heterogénea de resistencias · El otro proyecto «rationalist»: Garrido en Tabasco · El peyote wixárika y los sincretismos rituales